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Desde comienzos de los años ’70 se
instaura en el país lo que se denomina “el modelo sojero”, basado en la
preeminencia de la producción de la soja en detrimento de otra producción
agropecuaria. El modelo adquiere un cariz muy especial a mediados de los
’90 cuando se libera el mercado el cultivo de la soja transgénica, con lo
que la Argentina se transforma en uno de los principales países del Tercer
Mundo en el que se impulsan estos cultivos. Esta producción requiere la
aplicación de un paquete tecnológico que consiste en combinar la semilla
transgénica provista por empresas transnacionales con el sistema de la
siembra directa (que no requiere el laboreo del campo) y la doble cosecha.
La maleza que queda en el campo a raíz de la siembra directa es eliminada
por el glifosato, un agrotóxico al que, sin embargo, es resistente la
semilla transgénica.
El cultivo de la soja en nuestro país creció en forma espectacular. La
producción de esta oleaginosa pasa de 3,7 millones de toneladas en 1980/81
a 10,8 millones en 1990/91 y a 35 millones en 2002/2003. Se prevé que en
la actual campaña alcanzaría entre 38,5 y 40 millones de toneladas. Esto
significa que la soja, que expresaba el 10,6 por ciento de la producción
de cereales y oleaginosas en 1980/81, pasa a representar casi la mitad en
el período 2002/2003. Asimismo, la mitad de la superficie que se destina a
la producción de estos cultivos se utiliza para producir soja.
En la actualidad la casi totalidad de la producción sojera es transgénica
y se destina a la exportación. En 2005 las exportaciones de los diversos
productos sojeros representaron 8460 millones de dólares, 24,5 por ciento
de las exportaciones totales. La mayor parte de esas ventas fueron harinas
y otros subproductos del aceite de soja que se destinan fundamentalmente
al consumo animal de los países europeos. Después de la crisis de la “vaca
loca”, la soja se transformó en uno de los alimentos balanceados más
apetecibles para alimentar los pollos y los cerdos del antiguo continente.
Evidentemente no es un cultivo que necesariamente contribuye a paliar el
hambre en el mundo y, menos aún, en nuestro país.
Según los defensores del modelo, nos hallamos en una frontera tecnológica
de enormes proporciones. “Quien no esté a favor de los transgénicos está
en contra del progreso” y “no matemos la gallina que pone los huevos de
oro”, dicen. Se trata de un boom de la soja transgénica que, dicho sea de
paso, coyunturalmente permite la expansión de grandes superávit fiscales y
de la balanza comercial, esenciales para el pago de los servicios de la
deuda externa.
Cabe preguntarse si esto también significa indefectiblemente mayor
bienestar para todos, ahora y en el largo plazo. Lo que no contabilizan
los defensores del modelo son sus efectos negativos, que pueden ser
múltiples: sociales, económicos, medioambientales, sanitarios. De haber
sido uno de los “graneros del mundo”, productor y exportador de alimentos
básicos de consumo popular masivo, nos transformamos en una “república
sojera”. Contrariando ciertas tendencias que se manifestaron, por ejemplo,
entre los nuevos países industrializados del sudeste de Asia, la Argentina
aumentó su dependencia de las exportaciones de productos primarios con
todo lo que ello significó en términos de la vulnerabilidad externa de la
economía.
El boom sojero se da en detrimento de la producción de otros productos
cerealeros y oleaginosos. Entre las campañas agrícolas de 1997/98 y la de
2004/2005, la producción sojera aumentó en casi 20 millones de toneladas,
mientras que la de girasol cayó 2 millones, la de arroz, 0,5 millones y la
de maíz se mantuvo más o menos constante. En la provincia de Córdoba el
auge de la soja fue acompañado por la pérdida de 17 por ciento de las
cabezas de ganado, una tendencia equiparable a la que se manifiesta a
nivel nacional. A escala nacional el número de tambos, de 1988 a 2003,
pasó de 30.141 establecimientos a menos de la mitad (15.000). También cayó
la producción de frutales y de los tradicionales cultivos industriales
(algodón) del interior del país.
El auge de la soja se ha dado en detrimento de la yunga, de la
biodiversidad y de la flora y fauna que habitan extensos territorios en
muchas partes del interior del país. Asimismo, es un modelo que ha
menoscabado la agricultura familiar, que era tradicional. En el período
1960/1988 desaparecieron 51.000 explotaciones agropecuarias, 1800 por año.
Entre los censos de 1988 y 2002 –en la era neoliberal–, desaparecieron
87.000 explotaciones agropecuarias; esto es, 6263 explotaciones por año.
Las que desaparecen son fundamentalmente las de menos de 200 hectáreas. La
expulsión masiva de productores agropecuarios contribuyó a la mutación del
sector en una agricultura sin agricultores.
M. Teubal es economista e investigador superior del Conicet; profesor
consulto de la Universidad de Buenos Aires. Publicado en Página 12,
Argentina. Domingo, 30 de Julio de 2006.
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